sábado, 7 de mayo de 2016



Todo estará bien




   Han rasguñado tu alma con cruel despotismo. Han cortado tu cabello y maldecido tus latidos. Porque las personas temen lo diferente, han intentado socavar tus bríos. Lo he visto. He sido cómplice de aquél atosigo. He visto cómo luchabas, aun cuando era obvio que habías perdido.
   Ellos han cubierto con petróleo tus afectos más íntimos.
   Ellos han pervertido tu corazón y oscurecido tu brillo.
   He visto, con dolor, cómo aquella alma se hundía en el escepticismo.
   Y, cuando se fueron, cuando por fin se cansaron de noquear tus emociones, allí te dejaron. Gimiendo y echa un ovillo, como el más triste de los animales apaleados. Furiosa y agotada, pero con aquél fuego crepitando- aún- con insistencia debajo de todo aquél manojo de nervios tullidos.
   Temblabas, pero no de dolor. Llorabas, pero no a causa de la humillación. Te mordías el labio, pero no para acallar el llanto. Eso que exhalabas era furia, una poderosa pasión. Entonces descubrí, con sorpresa, que no estabas rota.
   Y vi al lobo dentro del perro. Y vi la belleza de aquél coraje, la luz de aquél fuego. La esencia de esa alma indomable que no pudieron percibir ellos. No, no estabas rota: y si quedaba en mí alguna duda, el brillo rabioso de esos ojos se encargó de refutarla por completo.
   Y me acerqué, como hipnotizado, hacia ti. Cautivado por aquella feroz insistencia, por aquél hambre de rebelión, acaricié tu mejilla y te abracé. Querías llorar, pero eras demasiado orgullosa para aceptarlo. Con una sonrisa muda, lo ignoré.   
   Cierra los ojos. Todo está bien.
   Ellos no te comprenden, pero yo sí.
   Y, ahora que te encontré, no te dejaré ir. No permitiré que vuelvas a sumergirte en esa ciénaga de rencores. No dejaré que opaques tus colores. Ódiame y maldíceme, pero me mantendré firme a tus masoquismos constantes. Y no me detendré hasta recuperar cada uno de tus colores y reconstruir tus emociones. Hasta que el mundo pueda ver esa belleza salvaje que, con tanto esmero, escondes.
    Tú buscas en mí la reacción del resto, tú buscas guerra y sangre, colmillos y despecho. Pero no obtendrás eso de mí. Soy un aliado en tu coliseo y, juntos, destruiremos a esos demonios que carcomen tu sentir. Hasta que no quede más violencia ni oscuridad en ti.
    Pero, mientras tanto, cierra los ojos y descansa. Que todo estará bien.
    Deja que vele por ti y dale un respiro a esa piel.
    Estás a salvo entre estos brazos: respira hondo y descansa, que no te dejaré caer. Nadie, jamás, volverá a tocarte, no mientras yo esté. Se acabaron las lágrimas y la amargura en ese corazón de papel.
     Descansa, niña, que nadie jamás te volverá a morder.



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