sábado, 30 de abril de 2016




Los optimistas



   El optimista hace de un mundo de problemas un cuadro de oportunidades, un camino a sortear que transforma la vida cotidiana en un patio de juegos. Lo que produce desaliento a algunos para ellos es un acertijo rogando ser descifrado, un trabajo para la mente, una prueba para el alma que deben superar para sentirse realizados.
   La palabra “desesperación”  no existe en su diccionario.
   El optimista se mueve como un barco en la tormenta, nunca se detiene, sólo se bambolea, no deja de moverse, baila al compás del rugido oceánico desafiando a la vida y los problemas. Y si cae, lo hace con orgullo y dignidad porque está consciente de que ha hecho lo que fue necesario y  que no hay nada más hermoso que morir en pos de una meta. Y si puede, se levanta y vuelve a la carrera, porque el optimista no nació para quedarse quieto, sino para luchar en la guerra interminable contra la derrota que siempre lo acecha.
   El optimista conmueve al mundo con su fortaleza.
   Y su lema es “no le temas el miedo”
   Y a partir de ello, se mueven, luchan, ríen, no se detienen. Son dichosos ante un obstáculo, son fogosos a la hora de pelear y sus ojos conservan la incredulidad de un niño y la rebelión de un adolescente. Reconocerás a un optimista entre la multitud, reconocerás sus pasos decididos, su mirada erguida, su sonrisa siempre en el rostro y ese semblante que no pierde la fe y predice algo bueno.
    Estar en presencia de un optimista es sentir que sucederá algo increíble de un momento a otro, que te absorbe su hermosa canción, que crecen en ti increíbles anhelos que jamás imaginaste que podrías cultivar en tu interior. Estar con un optimista es renovar tu contrato con Dios, es entregar tu alma a un sueño, es ver a un mundo que creías sepia con un verdadero color.   
   El optimista es un portador de ilusión.
   Si el mundo estuviese gobernado por ellos, sería mucho mejor.  Pero eso es imposible porque no tienen gobierno, ni patria ni límites, ellos son los soñadores, los planificadores de su propio camino, los arquitectos de su propio destino y no conocen los estados porque sus pasos no tienen fronteras y sus lenguas hablan todos los idiomas.
   El optimista es un delegado de Dios.
   Si conoces a un optimista, sigue sus pasos y contágiate  todo lo que puedas de su pasión, porque ellos saben vivir y hacer soluciones en los problemas, ellos no le temen a la vida y a la muerte la respetan, viven con lo que tienen, si buscan algo lo encuentran  y multiplican la suerte de aquellos que los rodean.
   Ser optimista es una ideología de vida, un reto a la vida, una risa que nunca termina.
   Sigue mi consejo y hazte uno de ellos, ¡verás qué bello es vivir cuando hay fe en tus acciones y humor en tus dolencias!  Porque ser optimista es vivir con furor cada uno de tus días.
    No le temas al miedo y ríe ante la desdicha. 
    Sé feliz, sé un optimista.


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viernes, 29 de abril de 2016

¡Primer capítulo!



Rebecca Hudgens
(Y un campamento que rockea)




     Dieciséis de junio.
     Las vacaciones de verano habían llegado a New York, las escuelas cerrado sus puertas y los afortunados que no debían materias contaban con dos meses enteros de ocio, en los que podrían hacer lo que quisieran.
     …A excepción de Rebecca, quien debía pasar sus vacaciones en un estúpido campamento juvenil.
   Y la única que pareciera emocionada al respecto era su hermanastra de diez años.
-          ¡Quiero ir, quiero ir!- gimoteaba la niña rubia en el portal de la puerta, sus ojos celestes empañados de caprichosas lágrimas, mientras observaba a la mayor con envidia.
-          Ya te he dicho que no, cariño. – replicó, con cansancio, el señor Hudgens: un hombre pelirrojo, de baja estatura, temple quebradizo y con una promesa de calvicie prematura en su cabeza.
-          ¡No es justo!
    “Si tanto le gusta la idea, ¿por qué no la llevan a ella?”, pensó la adolescente, mirando por el rabillo del ojo a su hermana menor, quien no paraba de dar frustrados saltitos y aferrarse al brazo de su padre, cual esquizofrénica ardilla. Pero aquella idea se borró de su mente con la misma rapidez con que llegó, amenazando con provocar en ella una amarga risa: ¡pues, claro que la perfecta Evangeline no iría! ¿Cómo viviría el resto de la familia sin su adorable presencia durante todo ese verano, sino? No, no podía ser.  
     Si alguien debía irse, era Rebecca: la rebelde, la mojigata… la problemática.
     “Y, por mí, está perfecto”, pensó ésta, con algo parecido al rencor, antes de darle un innecesario empujón a su equipaje y matar los últimos metros que la separaban del taxi: algo en el rostro sin afeitar del conductor le decía que lo estaba pasando tan bien como ella.
-          Lily no pudo faltar al trabajo, pero te desea un buen viaje y prometió llamar.- dijo su padre, con algo de precaución en la voz: bien sabía él que la relación entre ella y su esposa no era de las mejores.
-          Que le den. – murmuró Rebecca, con resentimiento.
-          ¿Qué?
-          Nada.
-          ¡Y contesta las llamadas, por favor!- agregó el señor Hudgens, haciendo lo posible por contener a Evangeline, y observando a Rebecca con un intento de autoridad tan triste, que a la muchacha le resultó imposible tomárselo en serio. Y es que, ¿cómo podía hacerlo, cuando ella misma le llevaba una cabeza? Lo único que Rebecca hubo heredado de su padre fue el cabello y los ojos, el resto de su cuerpo- y personalidad- pareciera haber sido un donativo sorpresa de algún banco de esperma.    
    Rebecca puso los ojos en blanco ante el pseudo imperativo de su padre y asintió, vagamente, permitiendo que el chofer cogiese su equipaje y lo acomodase dentro de la baulera, antes de murmurar:   
-          Sí… como sea.
-          Hablo en serio, hija, ¡contesta!
-          ¡He dicho que sí, joder!- gruñó la pelirroja, volviéndose sólo un segundo hacia su padre y hermanastra, antes de entrar al taxi y cerrar la puerta con brutalidad. 
-          ¡Quiero ir! – exclamó Evangeline, dando saltitos y liberando por fin el brazo de su tribulado padre para correr hacia la calle y saludarla, por última vez.- ¡Becky, llévame contigo!
-          ¡Evans, vuelve aquí!
     Y eso fue lo último que Rebecca escuchó antes que el vehículo girase en una esquina y se perdiese en el asfalto.  
     Y eso fue todo lo que ella necesitó para caer en la realidad de aquella ridícula situación: de veras estaba en camino a ese campamento.
-          Puta vida…- murmuró la pelirroja, antes de pasarse una mano por el rostro y quitarse de paso un largo y ondulado mechón de los ojos. De más estaba decir, la chica ignoró por completo la mirada desaprobatoria del conductor a través del retrovisor.
    ¿Cómo se las ingenió para caer tan bajo?
    Y más importante aún, ¿cómo se las ingenió esa mujer para convencer a su padre de que necesitaba esto?
     “Esa zorra…”, pensó Rebecca, apoyando un codo sobre el marco de la ventana y mirando el paisaje urbano, sin mirar: pese a que su propia y ausente madre no le caía bien en lo absoluto, la segunda esposa de su padre no era una excepción a la regla. Tan perfecta, bonita y simpática… esa mujer no podía ser real. “De seguro que está con el viejo por el dinero”, dedujo la muchacha, con maldad: su padre era un acaudalado abogado, a fin de cuentas.  
    Y, por si eso fuera poco, Evangeline era exactamente igual a ella, pero no como una hija que se parece a su madre- no- sino como una impresión detallada y perfecta de ésta: el mismo rostro, el mismo cabello rubio, el mismo par de ojos celestes… Cual si hubiese sido concebida por reproducción celular. Y no le agradaba en lo absoluto.
-          Necesita conocer gente, necesita divertirse un poco… bah. – murmuró la muchacha para sí, tras recordar aquella estúpida conversación en la cocina, meses atrás: esa tarde, Rebecca había vuelto de la escuela para encontrarse con que aquella mujer y su padre estaban esperándola para “sorprenderla” con una vacante de temporada en el Campamento Artístico de New York. Un lugar ridículo, plagado de hipsters y que- por alguna razón que ella no comprendía- era popular en los argumentos de películas. No importó lo mucho que gritó, insultó, discutió y- en los últimos tramos de aquella forzada reunión- imploró; ya estaba decidido.
    “¿No puedes verlo?”, le había recriminado Lily a su padre, en medio de exageradas lágrimas. Como si de veras le importase Rebecca. “¡Esta chica está depresiva!”
     ¿…En serio?
-          ¿Y ella qué mierda sabe? - murmuró la muchacha para sí, ladeando la cabeza con furiosa incredulidad, y con la mirada pegada en el cristal de la ventanilla. - ¿Y qué le importa cómo me encuentre?
     Además, ella estaba bien, no, más que bien.
    ¿Y qué si no tenía amigos, si no salía los viernes por la noche y no se emborrachaba en discotecas? Eso no la hacía depresiva. En lo absoluto. “Vieja tonta”, pensó, cruzada de brazos y soplando por centésima vez ese molesto mechón pelirrojo de sus ojos. “Todo esto parece una broma de mal gusto.”
     Y, muy pronto, sería parte de ella.
     Por dos meses.
     Rebecca suspiró y se mordió el labio, con enojo: estúpido campamento, estúpida familia, estúpida vida.
-          Bien, ya llegamos. – gruñó el conductor, de repente.
     Tan ensimismada se encontraba ella, que siquiera se percató de que el vehículo se había detenido, ni de la gigantesca- y costosa- fachada del campamento que se imponía ante sus ojos, prometiéndole una temporada completa de agobio y odio parental.
     Oh, ya podía sentir eso último. Y en grandes cantidades.
-          …Estupendo.
      Con un último suspiro resignado, Rebecca se desperezó y abrió la puerta del vehículo para coger sus cosas, deseando que aquél momento durase una eternidad…o, mejor aún, el verano entero. 
-          Pásatelo bien, chica. – dijo el taxista desde la ventanilla, antes de exhalar una risa perruna  y alejarse de allí.
    Hasta ese desarreglado conductor se burlaba de ella. Genial.
    Rebecca miró por sobre su hombro la nube de humo- cual si ésta fuese la culpable de su situación actual- y gruñó, antes de levantar la mirada hacia el enorme arco de madera que se encontraba sobre ella y que rezaba: “¡Bienvenidos al C.A.N.Y.!”.
-          Esto es una completa mierda- gruñó la joven, con renovado mal humor, mientras daba unos pasos sobre el camino de tierra y echaba una ojeada a su alrededor: el campamento resultó encontrarse mucho más lejos de lo que ella se había imaginado. Bueno, lo suficiente por lo menos para encontrarse a sí misma en medio de, lo que pareciera ser, un bosque. Y uno muy tupido. En Nueva York.
    Vaya.
    Rebecca ignoraba que aún quedase algo de eso en la ciudad.  
-          Ni modo. – murmuró la chica, con resignación.
    Y,  consciente de que ya había pasado demasiado tiempo observando la fachada del lugar como una idiota, la pelirroja dio un último suspiro resignado y arrastró su maleta hacia el interior del lugar.



    El campamento estaba petado.
    Y en el sentido más estricto de la palabra.  
-          Esto es como volver a la escuela… pero con más árboles y hipsters.- pensó Rebecca, con desagrado, mientras atravesaba el jardín principal, donde decenas de grupos de adolescentes- y otros que parecieran rondar, sospechosamente, la veintena- infestaban el lugar con sus risas y gritos, aparentemente emocionados de estar allí. “Ellos de seguro no fueron arrastrados hasta aquí por madrastras psicóticas”, pensó la pelirroja, poniendo los ojos en blanco.
     Fue cuando un pequeño grupo comenzó a hacer flashmob, que Rebecca supo que era hora de alejarse de allí lo más pronto posible. Y, sin siquiera molestarse en ocultar su disgusto, la muchacha se hizo paso a codazos en dirección a la infraestructura, desquitando su irritación con las ruedas de la pobre maleta, que no paraban de quejarse detrás de ella.
     Por suerte para la chica, el interior del edificio se encontraba vacío. 
-          Lo sabía… este lugar es un nido de locos.- murmuró la pelirroja, tras cerrar la puerta y mirar a su alrededor, con curiosidad… para descubrir que aquél lugar era, definitivamente, un pasillo. Con casilleros y todo, como un instituto.
-          Salir de una escuela… para entrar en otra. – murmuró Rebecca, ladeando la cabeza ante su propia mala suerte, mientras retomaba el paso y arrastraba su equipaje, con la misma emoción de un convicto que se dirige al cadalso. – Dios existe y me odia. – dictaminó.
     Dios, sus padres y el mundo en general.
     Y en eso pensaba cuando sus ojos avistaron una cartelera gigante y amarilla, al final del corredor. “Me vendría bien un poco de orientación en estos momentos”, pensó la pelirroja, feliz de no tener que interactuar con nadie por indicaciones.
     Como esperaba, varias listas se encontraban allí: desde pintura, hasta fotografía y diseño. También dibujo, escultura, baile y… ¿arte contemporáneo? ¿Qué se suponía que hacía la gente en esas clases? ¿Collages con basura? ¿Figuras gigantes de papel maché? Tras unos minutos de vana pesquisa ocular, Rebecca levantó la mirada de la cartelera y se mordió el labio, con una mezcla de ansiedad y frustración: jamás pensó que hubiese tantas variantes artísticas y, mucho menos, que un solo lugar se atreviese a enseñarlas. Mierda, le llevaría un buen rato encontrar…
-          Las clases musicales están aquí.
     La pelirroja dio un pequeño salto, a causa de la sorpresa, y alguien rió: se trataba de una chica, de su misma edad, ojos castaños y labios cubiertos de- lo que pareciera ser- demasiado brillo labial. Y no paraba de sonreír.
     Dios, qué molestia.
-          ¿La clases…?- repitió Rebecca, volviéndose hacia la joven, con extrañeza. Ésta asintió, encogiéndose de hombros, antes de señalar un papel algo arrugado y de color anaranjado, que se encontraba a unos metros: en efecto, ésa era la lista que estaba buscando, pero…- ¿Cómo supiste que yo…?
    A lo que la extraña respondió, cual si fuese lo más obvio del mundo:  
-          Tu pulgar.
    Rebecca levantó una ceja, incrédula, y levantó su mano derecha, para percatarse- con algo parecido a la vergüenza- de la enorme dureza que invadía dicho dígito. Hasta tal punto, que no logró comprender cómo no se hubo dado cuenta de ello antes. “Hora de comprar una púa”, pensó la pelirroja, ladeando la cabeza.
     La chica volvió a reír, tontamente, antes de darle un golpecito amistoso en el hombro- cosa por la cual tuvo que ponerse de cuclillas, debido a la gran diferencia de estatura entre ambas- y preguntar:
-          Entonces… ¿eres bajista o guitarrista?
     Rebecca tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para no poner los ojos en blanco- ¿aún seguía allí?- y, con una paciencia que no sabía que tenía, respondió:  
-          Bajista. Pero no me lo tomo en serio.
    Y no mentía: la única razón por la que había adquirido cierto cariño hacia el instrumento era porque su hermano mayor, Bill, le había enseñado a tocarlo en aquellos años que vivieron juntos, antes del divorcio y de que todo se fuera al diablo. Rebecca aún conservaba el estropeado bajo que éste le hubo regalado hacía ya unos años, uno barato y de segunda mano que compró con el sueldo de su primer trabajo, y era- para ella- el mayor de sus tesoros; el recuerdo más preciado que guardaba de él y de aquellos buenos momentos. Y lamentaba en el fondo de su alma no haber podido llevarlo consigo al campamento.
    “Cómo extraño a ese idiota”, pensó la pelirroja, con un repentino peso en el pecho:   tras una cruenta batalla legal, Bill fue criado por su madre, en Estambul, mientras que Rebecca se quedó con su padre, en Estados Unidos. De eso habían pasado ya seis años y medio. Seis años y medio en los que no había podido abrazar a su hermano. Seis años  medio en los que juró un odio visceral por el mundo y todos aquellos que no hicieron nada por mantener a Bill a su lado.   
     Rebecca suspiró: no, no se tomaba nada de aquello en serio. Pero mentiría si dijese que no disfrutaba tocar aquél instrumento. “Hacerlo es como tenerlo conmigo, de algún modo”, pensó, odiándose a sí misma por aquél momento de debilidad.
-          Vaya.- murmuró la chica, observando a Rebecca con honesta curiosidad, mientras se improvisaba una trenza con un largo mechón de cabello negro que colgaba de su hombro.- Debes ser la única persona en este lugar que piensa así: la mayoría viene al campamento para hacer contactos y forjarse una carrera. – agregó.
    Sí, eso tenía entendido ella también. Pero de ahí a que le importase había un largo trecho.
-          La ambición no es mi mayor fuerte. – admitió la pelirroja, encogiéndose de hombros.
    Y la chica volvió a sonreír- si es que en algún momento dejó de hacerlo- antes de estirar una mano blanca e impecable en su dirección y decir, con voz de soprano:
-          Andrea Bichelli.
-          ¿E-eh?
    De más estaba decir, Rebecca no le devolvió el saludo: demasiado sorprendida se encontraba ante aquél anticuado gesto. Y es que en serio, ¿quién se presentaba de esa manera en pleno siglo veintiuno?
    Al parecer, una chica llamada Andrea.
-          ¡Mi nombre, tontita!- exclamó la otra, entre risitas, observando a la pelirroja con ojos brillantes.- ¡Tienes que saberlo ahora que seremos compañeras de clase! 
    Y Rebecca no pudo más que sentir un revoltijo en el estómago: ¿compañeras?
    Oh, no, no, no.
    Definitivamente, n…
    De repente, un gritito. Y, cuando la bajista quiso darse cuenta, la extraña la abrazó.
-          ¡Estuve esperando dos años para que me aceptaran, y no puedo creer que ahora esté aquí! – exclamó Andrea, temblando de la emoción, e ignorando olímpicamente la incomodidad de su interlocutora. - ¡No tienes idea de…!
    Esta chica. Estaba. Abrazándola.
    Abrazándola.
    La última vez que alguien la abrazó fue hace dos años, en medio del pasillo de la escuela, y ni siquiera fue intencional: el pobre diablo había tropezado con sus propios cordones y cayó sobre ella… y luego sobre su puño. Repetidas veces.
-          … ¡Y ahora estoy aquí! ¡Contigo!- exclamó Andrea, ajena a los pensamientos de su involuntaria “compañera” - ¡Mi primera amiga en el campamento! ¡Yay!
    Whoa. Whoa.
    ¿Antes era su compañera y ahora… su amiga?
    Esto estaba evolucionando demasiado rápido para su gusto.
-          No.- dijo Rebecca, de repente, tomando a la sorprendida chica por los hombros y separándola de sí cual si tuviese lepra e ignorando la sorpresa en el rostro de su interlocutora.- Mira, pareces una chica simpática y todo eso, pero… no estoy en eso de los amigos. – dijo la pelirroja, bajando la mirada hacia Andrea.  
     …Para toparse con los ojos más expresivos y tristes que hubo visto en su vida.
     Oh, joder.
     Era como patear un cachorro. O peor. Una cesta repleta de gatitos.
     “Pero ya he tenido amigos y ha terminado muy mal”, pensó Rebecca, recordando con incomodidad el desenlace de sus últimas relaciones sociales del instituto: demasiado hombruna para las mujeres y demasiado intimidante para los hombres... Suspiró: ella, simplemente, no era un buen material social. Y estaba bien con eso, en verdad, y no creía que…
      Oh, por Dios, ¿estaba llorando?
-          ¡Bien, bien! ¡Seré tu amiga de turno… y todo eso! – farfulló la pelirroja, con creciente incomodidad, en cuanto un diminuto hilo salado comenzó a surcar el rostro de la chica, hacia su barbilla.- ¡Pero para ya!  
     Y así fue: la sonrisa volvió al rostro de Andrea con la misma rapidez que se esfumó, y Rebecca se sintió totalmente estafada en cuanto dos delgados brazos volvieron a envolver su cintura, cual acosadora boa, en medio de un estruendoso y agudo “¡YAY!”
-          ¿Cómo te llamas? Aún no sé tu nombre.- dijo Andrea, tras liberar a la pelirroja de aquél abrazo constrictor. Como si nada hubiese sucedido.
-          Eh…Rebecca Hudgens.- replicó esta última, con cierto desgano, pero feliz de recuperar su espacio personal.
-          ¿Y por qué tienes aún tu equipaje? – preguntó la otra, observando la enorme maleta, con curiosidad.
    La bajista puso los ojos en blanco: ¿y por qué tantas preguntas?
    Esa chica era peor que su hermana, de veras.  
-          Llegué hace unos minutos.- respondió Rebecca, finalmente.- Y la verdad, es que aún no sé dónde…
-          ¡No te preocupes! – la interrumpió Andrea, con una sonrisa tan grande que Rebecca se sorprendió de que su piel no se quebrase.- Los dormitorios son compartidos y tengo la llave del mío, ¡vienes conmigo!
    Agh, ¡¿qué tenía esa chica con los abrazos?!
-          Este va a ser un largo verano…- murmuró la pelirroja, por sobre el hombro de la otra, y con los ojos en blanco.
    De repente, algo parecido a un timbre resonó en algún rincón del pasillo y, en cuestión de segundos, el sonido de puertas al abrirse y cientos de pasos apresurados llegaron a sus oídos.
    Rebecca miró hacia ambos lados, extrañada, pero no tuvo mucho tiempo para sorprenderse puesto que- cuando quiso darse cuenta- Andrea la tomó con fuerza por la muñeca y la arrastró hacia las entrañas de aquél pasillo, las ruedas de su maleta chirriando contra las frías baldosas del suelo.
-          ¡Rápido, rápido!- exclamó su “captora”, con renovada emoción. Si es que era eso posible.  
-          ¡¿Qué está pasando?!- exclamó Rebecca, en medio del creciente bullicio que comenzaba a desplegarse, unos metros detrás de ellas.
-          ¿Es que no leíste los folletos? ¡Kimberley Higgins va a dar el discurso de bienvenida este año!
     Y, esa vez, le tocó a Rebecca emocionarse.
-          ¿De veras?
     ¿Kimberley Higgins? ¿La famosísima cantante de Rock? ¿La mujer que, desde hace tres años, acosaba las paredes de su dormitorio con sonrisas petulantes y piercings? ¿Aquí? Vaya. Quizá subestimó un poco aquél lugar, después de todo.
      Su corazón había comenzado a latir frenéticamente y una emoción que hacía mucho no sentía se agolpó en su pecho, con fuerza. “Estoy a punto de gritar como una fangirl”, pensó la pelirroja, con las mejillas encendidas y una larga sonrisa en su rostro pálido y pecoso.  
     Por suerte, se contuvo. Pero no lo suficiente como para exhalar un leve “ ¡joder!” y unirse a Andrea en la carrera, luchando a codazos con los demás jóvenes que se les habían adelantado, para llegar al punto de encuentro primero y pillar el mejor lugar. 



      Tras minutos de desaforada carrera, Rebecca se encontró a sí misma rodeada de- por lo menos- un centenar de personas y frente a lo que pareciera ser, la plataforma de un gigantesco escenario.  La pelirroja podía sentir la presión del resto empujándola con fuerza hacia adelante, pero no le importó: ver a su ídolo de tan cerca merecía todas las alternativas de asfixia existentes. 
-          ¿Dónde está? ¿Dónde está?- exclamó, mirando hacia uno y otro lado, mientras recuperaba el aliento.
-          ¡Alguien está emocionada!- canturreó Andrea, entre risitas, y aferrándose al brazo de la pelirroja para no perder el equilibrio y dejarse devorar por aquella ansiosa marea de personas.
     De más estaba decir, Rebecca no se dignó en contestar lo obvio.
     De repente, las luces se apagaron y el recinto se sumió en parcial oscuridad, en el preciso momento en que una voz potente y ronca llegó a sus oídos:
-           Me han dicho que un puñado de artistas locos quería verme, ¿es eso cierto?
     Fue entonces que dos gigantescos reflectores se encendieron de la nada y la figura inconfundible de Kimberley Higgins emergió de entre las sombras, con una sonrisa salvaje en su rostro moreno y una promesa de riot en sus ojos negros.
-          No. Jodas.- murmuró Rebecca, observando a la vocalista con la boca abierta y la incredulidad de un niño que ve a Santa Claus en Navidad: ese corsé de cuero, esos vaqueros rotos y desgastados y esas botas de combate marrones… Era como si, literalmente, alguien hubiese arrancado uno de sus muchos pósteres y creado un holograma de la mujer a través de éste.
     Pero era ella. En carne y hueso. Y a un brazo de distancia de donde se encontraba.
     Si aquello era un sueño, Rebecca no quería despertar.
-          ¡QUIERO OIRLOS! – rugió la vocalista, con una sonrisa roja y lobuna, y apoyando una de sus pesadas botas sobre la superficie de un parlante para verlos mejor.
     Gritos. Aplausos. Y más gritos.
     Era lo menos que se merecía esa mujer. Y la bajista, con gusto, se unió al frenesí amateur, olvidando la razón por la que estaba allí, a sus padres y su amargura.
-          ¿Listos para la experiencia de sus vidas?- ronroneó la celebridad, quitando el pie del parlante y bordeado de manera predadora el borde del escenario, sin quitar los ojos de sus improvisados espectadores.  
-          ¡COÑO, SI!
     Pero, ¿qué…?
     El grito había sido lo suficientemente fuerte como para hacerse oír entre el resto y ganarse un par de miradas curiosas, incluyendo la de Rebecca: fue en ese momento en que ésta se percató de la presencia de aquél muchacho. Alto y delgado, de cabellos largos y lisos- aún más largos que los de ella- y un rostro afilado y cubierto de piercings en orejas, nariz y labios. Todo en él gritaba carisma y simpatía, y a la pelirroja no le cupo la menor duda de que ese muchacho era cantante, si es que aquél grito ronco y poderoso no era prueba suficiente de ello.
-          ¡ROQUÉAME, KIMBERLEY! – bramó el muchacho, con sus brazos tatuados en alto, en cómica señal de ofrenda.
     Un coro de risas invadió las primeras filas de espectadores y, para sorpresa de Rebecca, hasta Kimberley rió.
-          Menudo payaso. – exclamó Andrea, a su lado, y ladeando la cabeza.
    En otro momento y situación, Rebecca hubiese asentido enérgicamente con la cabeza y añadido algún insultante calificativo a la oración de su compañera: y es que ese tío era estruendoso, irritante y- pareciera- un adicto a la atención. Con facilidad, podría entrar en el perfil del típico chico “rebelde y popular” de la clase; ése que Rebecca detestaba y observaba desde el rincón más oscuro del aula, con profunda desaprobación.
     Pero, por alguna extraña razón, no sintió nada parecido esa vez.
     Y, sin saber por qué, la pelirroja se encontró riendo con el resto.  
     Quizá aquél campamento no sería tan malo, después de todo…
    

                       Copyright © 2016 Alexander Nells. All rights Reserved.


     

lunes, 25 de abril de 2016

Sobre mí

Mi nombre es Alexander Nells, tengo veintitrés años y soy escritor. Este espacio es un pequeño rincón que he pedido "prestado" a Internet, y en el que me animo a compartir con ustedes mis pequeños y humildes trabajos. Cuentos y micro- relatos que se me han ido ocurriendo y forman parte de un proyecto más grande que- si tengo la oportunidad- compartiré con ustedes más adelante.
   Hay personas que dicen que la sensibilidad es para mujeres, que los hombres no pueden ser poetas y que si escriben, deben ser novelas de ciencia ficción o policiales. Pues, a mí me mola el romance. Y la aventura. Y las lágrimas. Porque ME ENCANTA el salseo, los romances histéricos y las jaladas de cabello, las protagonistas introvertidas que- al final de la historia- se quedan con el chico guapo de la clase y los desenlaces pegajosos y predecibles. Soy un hombre, señores, y ME FASCINAN las novelas rosas. Y lo digo con mucha honra.
   Y aquí, en este pequeño rincón virtual, tengo la oportunidad de ser yo mismo y explorar mi creatividad: estrecharle la mano, sin vergüenza alguna, a esa pequeña "mujer" que llevo escondida en mi pecho, y abrazarla. Ser ella y yo, hacer lo que quiero y no temer al qué dirán. Porque el sexo es una idea, es una palabra hueca, un simbolismo.... una parcela que, aquí, me atreveré a saltar.
   Volviendo a lo importante: subiré un cuento o micro- relato todos los viernes, y cada uno estará relacionado con un personaje diferente que iré presentando en este Blog. Los escenarios son urbanos, las tramas realistas y los protagonistas variados... ¡así que prometo sorprenderlos!
   Este mini- proyecto es una nueva aventura para mí, algo que nunca pensé sería capaz de hacer, y espero- de corazón- poder quitarles una sonrisa. 
    Desde ya, muchas gracias por leerme, ¡y comenten! Que sus opiniones son importantes para mí :3