sábado, 7 de mayo de 2016



Todo estará bien




   Han rasguñado tu alma con cruel despotismo. Han cortado tu cabello y maldecido tus latidos. Porque las personas temen lo diferente, han intentado socavar tus bríos. Lo he visto. He sido cómplice de aquél atosigo. He visto cómo luchabas, aun cuando era obvio que habías perdido.
   Ellos han cubierto con petróleo tus afectos más íntimos.
   Ellos han pervertido tu corazón y oscurecido tu brillo.
   He visto, con dolor, cómo aquella alma se hundía en el escepticismo.
   Y, cuando se fueron, cuando por fin se cansaron de noquear tus emociones, allí te dejaron. Gimiendo y echa un ovillo, como el más triste de los animales apaleados. Furiosa y agotada, pero con aquél fuego crepitando- aún- con insistencia debajo de todo aquél manojo de nervios tullidos.
   Temblabas, pero no de dolor. Llorabas, pero no a causa de la humillación. Te mordías el labio, pero no para acallar el llanto. Eso que exhalabas era furia, una poderosa pasión. Entonces descubrí, con sorpresa, que no estabas rota.
   Y vi al lobo dentro del perro. Y vi la belleza de aquél coraje, la luz de aquél fuego. La esencia de esa alma indomable que no pudieron percibir ellos. No, no estabas rota: y si quedaba en mí alguna duda, el brillo rabioso de esos ojos se encargó de refutarla por completo.
   Y me acerqué, como hipnotizado, hacia ti. Cautivado por aquella feroz insistencia, por aquél hambre de rebelión, acaricié tu mejilla y te abracé. Querías llorar, pero eras demasiado orgullosa para aceptarlo. Con una sonrisa muda, lo ignoré.   
   Cierra los ojos. Todo está bien.
   Ellos no te comprenden, pero yo sí.
   Y, ahora que te encontré, no te dejaré ir. No permitiré que vuelvas a sumergirte en esa ciénaga de rencores. No dejaré que opaques tus colores. Ódiame y maldíceme, pero me mantendré firme a tus masoquismos constantes. Y no me detendré hasta recuperar cada uno de tus colores y reconstruir tus emociones. Hasta que el mundo pueda ver esa belleza salvaje que, con tanto esmero, escondes.
    Tú buscas en mí la reacción del resto, tú buscas guerra y sangre, colmillos y despecho. Pero no obtendrás eso de mí. Soy un aliado en tu coliseo y, juntos, destruiremos a esos demonios que carcomen tu sentir. Hasta que no quede más violencia ni oscuridad en ti.
    Pero, mientras tanto, cierra los ojos y descansa. Que todo estará bien.
    Deja que vele por ti y dale un respiro a esa piel.
    Estás a salvo entre estos brazos: respira hondo y descansa, que no te dejaré caer. Nadie, jamás, volverá a tocarte, no mientras yo esté. Se acabaron las lágrimas y la amargura en ese corazón de papel.
     Descansa, niña, que nadie jamás te volverá a morder.



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El camino correcto


Siempre me dijeron qué hacer.
Seguir el protocolo social.
De una sociedad que no quiere comprender
Lo que, ella misma, se dignó a crear.

El camino correcto.
Buenos modales, una sonrisa.
Ser solidario ante el sentimiento ajeno.
Ser humilde todos los días.

Y no desear lo que tiene tu prójimo.
Cuando te golpean, dar la otra mejilla.
Culpar tus acciones, pese a que comenzó otro.
Pedir perdón, por lo que hiciste hoy y harás algún día.

Porque yo soy el culpable.
El que tuvo que contenerse.
El que debió comportarse.
El que, al hablar, hiere.

He hecho mi mayor esfuerzo.
Busqué su camino correcto.
Pero no lo encontré, ¿lo siento?
¿Es que existe algo tan perfecto?

Y me cansé,
Me iré, al carajo con esto.
Ya saben donde pueden meterse su camino correcto.
Sus malditas reglas llenas de desperfectos.

Porque el camino correcto,
Será el que escoja para mí.
Las reglas del juego.
Serán las que me ayuden, de veras, a vivir.

Así que, les devuelvo su paradigma complejo,
Yo buscaré mi razón de sentir.

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viernes, 6 de mayo de 2016



¡Yeta!



Luego de una buena racha, se corta el caudal
para recordarte que la vida no es perfecta.
Tropiezas repetidas veces, sin saber cómo pudo pasar.
Y murmuras, con angustia: ¡yeta!

Ayer todo iba bien, hoy… mejor ni hablar.
Los Astros no están alineados, no puedes progresar.
Al final del día, sólo te quieres recostar,
mientras te preguntas quién te deseó aquél mal.  

Se quemó tu desayuno, y para colmo, no hay café.
Alguien robó la sección de deportes de tu periódico.
Llegas tarde al trabajo, no hay tiempo que perder.
¿Algo más? Anuncian alerta meteorológico.

El coche se descompuso en medio de un embotellamiento.
Das un golpe fuerte sobre el volante, con rabia
que resultó ser la radio, que tras la violencia del gesto,
quedó atascada en una estación mal sintonizada.

Con media hora de retraso y diez empujones solidarios,
llegas al trabajo, sudoroso, cubierto de aceite.
Intentas infiltrarte hacia tu cubículo, con aire disimulado.
Y, cuando estás por llegar, te topas con tu jefe.

¿Despedido? No, tienes suerte.
Conservas la butaca, pero cambia tu labor.
Has perdido el aguinaldo, y ahora eres asistente
de ese tipo de la secundaria, que nunca te agradó. 

Llegas a tu casa, tras aquél día de pesadez existencial.
De ésos que, sabes, no aportan  productividad.
Te sientes inútil, un solterón aburrido y sin credibilidad.
Con el bolsillo vacío, y poca importancia en la sociedad.

¡Ja! Es tan mala tu suerte, que comienzas a reír.
La desesperación hace efecto en tu sistema.  
No sabes qué hacer, ni a dónde ir.
Esquivas gatos negros, espejos y escaleras.

¡Cuántas miles de cosas puede provocar un día malo!
Lo que ayer te hizo un Coloso, hoy te hace una rata almizclera.
Sabes que es normal, y algo por lo que ha pasado todo ser humano.
Pero no puedes evitar murmurar, con angustia: ¡yeta!


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El perro negro de Madmoiselle Marie



   Esto sucedió hace ya muchos años. No podría decir exactamente cuántos, pero eso es lo de menos ahora: solo sé que no puedo- ¡Dios no quiera!- morir con esta historia en mi garganta, sin advertir, sin decir nada, pese a mi promesa de caballero.
   En su momento, fui un joven ilustre, educado y admirado por mi buen temple y mi desprecio hacia la superstición. Un desprecio que rayaba el ateísmo, pero guardaba muy celosamente en mis gestos y palabras: un hombre necesita de un Dios, por más que no quisiera ¿Por qué? Porque así lo deseaba la sociedad, porque necesitaba hacerlo para ser aún más admirado y respetado. Para ser un hombre de verdad.
   Y, pecaré de vanidoso, lo hube logrado.
   Pero no me perderé en más introducciones y comenzaré:
   Esto sucedió hace ya más de cuarenta años, en un pequeño pueblo de Francia que no nombraré, más por temor que otra cosa: invocarlo sería el último de mis deseos en estos momentos. Siquiera diré su nombre, porque está maldito. Pero, a pesar de ello, a veces me sorprendo soñando, pensando en él, en esa voz arrulladora que aplaca mis sueños y los convierte en pesadillas lacónicas.
  ¡Y pensar que lo he evitado! ¡Y cuánto!   
   Mi familia es inglesa, pero culminé mis estudios en Francia gracias a las influencias de mi padre y el buen corazón de mi tío Rubert, quien se ofreció en darme una de las habitaciones vacantes de su enorme casa. Fue el sacrificio paterno y la fe que tenían en mí lo que me impulsó a terminar mis estudios en tan sólo cinco años: algo no muy común en la carrera de Medicina. Pero lo había logrado, y con grandes méritos, por lo que no me fue difícil conseguir algo de trabajo y ocupar un puesto recientemente vacante- casi por obra del Destino- en un pueblo a unas millas de allí.
   El médico anterior que hubo vivido en el pueblo era un sueco algo hosco y de conocimientos rudimentarios en su materia, pero de buenas intenciones. Era muy querido por las personas de allí, y sumamente puntual en sus citas.  Murió siendo atacado por un animal salvaje- y, aparentemente, de grandes dimensiones- mientras volvía de atender a uno de sus pacientes, en los lindes de un oscuro bosque. Lo encontraron tendido boca abajo, sobre la hierba y rodeado de un charco de sangre. Unos surcos profundos, cual rasguños de oso, de la base del cuello hasta la cintura habían sido la causa de su muerte: un ataque brutal.
   Pero el punto más curioso apareció en cuanto lo voltearon: marcas de colmillos, gruesas y de gran espesor saltaron a la vista enseguida. Hacían morbosa fila sobre el brazo derecho del doctor, y lo pintaban de líquido rubí. Era obvio que el pobre anciano había luchado contra la bestia, antes de que ésta acabara con él.
   Luego de aquello, nadie volvió a caminar por allí, por temor a sufrir el mismo destino.
   Pero lo único que me interesaba a mí era el hecho de que ocuparía el lugar de aquel pobre diablo y de que, con seguridad, lo haría muy bien. Mucho más sabiendo que mi antecesor era un doctor con vaga formación. Aquél era un trabajo seguro y de gran salida: un excelente lugar para comenzar a ser reconocido. Y estaba ansioso por empezar.
  



* * *

  
  Una pequeña reunión en torno a mi logro se celebró días después de haber recibido, con altos honores, mi título: toda mi familia de Londres acudió alegre a la casa de mi tío, al igual que otros parientes de las lejanías para celebrar.
   Y, al día siguiente, tomé mis pertenencias, instrumentos y libros, los cargué en un carro y me dirigí hacia el pueblo de ***** para comenzar con mi trabajo, con la carrera que tanto habían anhelado mis padres y cuyo sentimiento de ansiedad contagiaron en mi alma. Era un hombre de familia, con la moral de cualquier mortal honrado y el corazón lleno de ingenua juventud.
  Observaba los campos que se abrían en la ruta desierta con algo de vaguedad e indiferencia: vacas, caballos y alguna que otra casa de mala muerte se erguían, fríos y solitarios, en medio de la nada y me daban una extraña sensación de tristeza. Pese a que, en mis últimos años antes de recibirme había vivido en un pueblo, un aire parisino se había adherido a sus calles, dándole un cierto sentimiento de civilización, de evolución que en cierto modo, lo hacía casi una ciudad. Entonces, todo aquello se me hacía deprimente y pobre, demasiado pobre.
   Pero todos mis temores se esfumaron en cuanto llegué a *****.
   No era como el pueblo en donde había vivido, pero tampoco como lo había imaginado: muy habitado, repleto de pequeñas casas de colores diversos y calles rigurosamente empedradas y rodeadas de elegantes y sencillos faroles. Algunos que otros almacenes y tiendas se erguían en medio de aquél diminuto trozo de civilización. A los lejos, cual si de otro mundo se tratase, el Bosque Sombrío- como así me enteré que le llamaban-  se erguía, inmenso e impenetrable cual impactante paisaje de pintura gótica.  
   El espectáculo era conocido, y a la vez casi singular: los niños correteando por las calles, las mujeres vestidas con grandes y pintorescos vestidos y pequeñas sombrillas para cubrirse del sol o tirando de las correas de sus mascotas. Caballeros solitarios caminando con tranquilidad de nobles, hombres con trajes elegantes acompañado del brazo a sus respectivas damas, carros pintorescos, vulgares y comunes haciendo fila en la quejumbrosa y cansada calle de adoquín. La única que rodeaba el pequeño pueblo.
   No tardé en enamorarme del lugar, que tan extrañamente me otorgaba una cierta sensación de pertenencia.
   Y en cuanto los caballos se detuvieron, supe que había llegado a mi destino, y me apresuré hacia la puerta de mi nuevo hogar.
    Los goznes de ésta- de seguro casi tan viejos como su antiguo dueño- crujieron en cuanto la empujé, y una humareda de polvo me dio la bienvenida en la cara. No pude evitar toser y, cubriendo mis ojos, entré ¡Tonto de mí, que había olvidado enviar un criado antes de mi llegada!
   Algunas cosas se aprenden de las peores maneras.
    Aparte de aquél incidente, todo había salido bien: me había adaptado a la perfección al lugar, hecho trato con los hombres más influenciados de la zona y ya había comenzado a atender diversos casos, por suerte no tan graves: tan sólo algunos catarros y quemaduras de tercer grado, los cuales no me provocaban problema alguno y al curarlos aumentaban mi fama y reputación.
    En poco tiempo, mi nombre era conocido por todo el pueblo y las consultas venían de aquí para allá, hasta de las zonas colindantes de *****.
    Enviaba y recibía cartas diariamente a mi familia, contándoles mis vivencias y casos, la mayoría, no tan interesantes. Aunque mis noticias iban dirigidas, en su mayoría, hacia mi tío Rubert, con quien terminé teniendo una relación casi de padre e hijo. Las respuestas de éste último eran igual de regulares y rápidas.
    Pero mi estadía allí cambió por completo en cuanto recibí aquél sobre sellado, aquella triste y fría mañana de abril.
    Mi nuevo criado me encontró en medio del cuarto sorbo de café cuando me entregó la carta, y unas disculpas por su interrupción. Yo no pude más que observar el sobre con extrañeza, puesto que nunca había recibido mensajes que no fuesen de familiares y por que la mayor parte de mis clientes enviaban parientes o mensajeros en mi búsqueda. Y aquella era, sin dudas, de alguien del pueblo: había sido enviada apenas hacía unas horas y rezaba, si mal no recuerdo, así:

                                                                                      

Estimado doctor:
   
                                      En primer lugar, mis felicitaciones por el alto grado de aceptación que ha inspirado en las personas de mi pueblo, es obvio que estamos ante una clara eminencia en la medicina, y me alegra saber eso. Como usted de seguro ya habrá oído nombrar, el anterior doctor tuvo un terrible incidente tras salir de una de sus visitas a mi morada bajo el ataque de un animal salvaje, y pese a que lamento horriblemente el suceso, no ha logrado curarme de este mal que padezco y que tan sólo los ojos podrían explicar. Espero, y disculpe mi indiscreción al no pedir una cita, el poder verlo esta misma tarde, si no le es molestia alguna. Tal es mi urgencia en estos momentos.
   Sin más deseos de interrumpir sus asuntos, me despido.
   Atentamente.
                                                                                                                 
                                                                                                          Madmoiselle  Marie

   
    La caligrafía de aquella mujer era perfecta, y la inteligencia en sus palabras me había dejado anonadado. Era obvio que estaba tratando con una mujer sumamente culta, y aquello me parecía extraño e interesante.  Pero también podía percibir cierto nerviosismo en su letra, cual si intentase con todas sus fuerzas poder concluir aquella carta.
   Y, sin saber por qué, me encontré de repente tomando mi portafolio y encargando a mi criado que preparase al mejor de los caballos.              
   Observé con atención la dirección plasmada en el sobre y descubrí, no sin cierta extrañeza, que no había números ni dirección exacta alguna, tan sólo las palabras: La mansión de los lindes del Bosque.   
    La voz de mi criado y los relinchos fuera de la casa me dieron a entender que estaba todo listo. Y de un salto me subí al caballo y me dirigí, raudo hacia mi intrigante destino, sin saber que aquél sería el comienzo de mi perdición.


* * *

     Las copas siniestras de los árboles se acercaban a cada milla que devoraba mi semental negro que, cual si lo persiguiera el Diablo, no cesaba de correr jadeante, atravesando arroyos, casas y lo que quedaba del camino en cuestión de segundos. Siempre pensé que, si me lo hubiera propuesto, aquél espléndido animal hubiera sido excelente para las carreras.
   Pero era médico y ese tipo de aficiones no le sentaban bien a mi estatus, por lo que dejé de cavilar y me concentré en la imponente mansión que se alzaba, altiva, sobre mí. Unas verjas negras y puntiagudas se alzaban, cual murallas de hierro, alrededor.
   Un grueso camino de piedra lisa y pulida se unía a los últimos metros de la ruta empedrada y se deslizaba, serpenteante, hacia aquella arquitectura gótica y costosa donde se encontraba el remitente de la carta. A la derecha de la enorme mansión, el Bosque Sombrío se erguía, silencioso y cual temible centinela.
    En cuanto acorté los metros que me separaban de aquellas verjas, me bajé del caballo y toqué la campanilla, al lado de la puerta de hierro negra. Pasados unos minutos, un criado de rostro afilado y entrado en años me dio la bienvenida secamente, y sin dejar de mirar con extraña ansiedad a mi semental, dijo:
-          Usted debe ser el Doctor Lawrence.
    Su voz era horrible, inhumana, casi sepulcral: cual si le hubiese costado años de esfuerzo educarla.
-          A… su servicio. – le respondí yo, ignorando la hostilidad y sensación de repulsión que me provocaba: al fin y al cabo, no era él a quien iba a tratar.
     Haciendo caso omiso de mis palabras, el criado se hizo a un lado y abrió la puerta de par en par.
-          Madmoiselle no lo esperaba a esta hora, pero se complacerá al verlo. – dijo, dejándolo entrar.
   Pero el animal no parecía tener intenciones de moverse: había comenzado a piafar, de repente, y tiraba con fuerza de la soga. Parecía aterrorizado y me costaba mantenerlo quieto. Por lo que, luego de varios tirones, logré- y no digo “logramos”, puesto que el criado siquiera se movió-  dejarlo en manos de otro sirviente, y seguí al primero hacia la entrada de la enorme casa.
    En mi vida había visto tanto lujo, buen gusto y belleza juntos: los candelabros, las arañas y los muebles eran delicados y de la madera más costosa del país. Las velas despedían aromas a vainillas desde los techos, el piso era de mármol y las paredes habían sido forradas con el más exquisito de los gustos. Me encontraba dentro de una residencia de la alta sociedad, y puedo asegurar, nunca me había sentido tan pequeño y vulgar en mi vida. Pero como el caballero que soy, me refugié en mi papel de médico y junté toda la autoestima que éste me investía.
   En silencio, seguí al oscuro hombre por el gigantesco corredor.
   Hasta que, finalmente, nos detuvimos frente a una gran puerta de mármol con incrustaciones en plata y diamante: intenté con todas mis fuerzas quitar la vista de aquella maravilla esculpida y concentrarme en el criado, que en esos momentos tocaba la puerta con delicadeza.
-          Madmoiselle, el Dr. Lawrence está aquí. – dijo, con toda la cortesía y talante que no había expresado conmigo.
    Y, de repente, una voz dulce y melodiosa se mezcló con el aire, atravesó rauda la rendija de la puerta y llegó a mis oídos cual dulce canto de sirena.
-          Hazlo entrar, por favor.
-          Por supuesto.
    Dando un paso al costado, el criado me indicó que entrara y abrió la puerta por completo: un salón pequeño y oscuro cedió ante mi vista, provisto de una enorme chimenea blanca y una biblioteca de igual tamaño. El fuego crepitaba alegremente y le daba un poco de luminosidad a aquél salón, casi convertido en antro a causa de la tiniebla.
    Pero ni toda la oscuridad de la noche hubiera podido ocultar la luz que emergía de Madmoiselle Marie: sentada sobre un sofá marrón y cubierta exquisitamente con un vestido de seda azul, daba la sensación de una doncella perdida. Su cabello negro se encontraba recogido por una peineta azul incrustada de diamantes y su rostro pálido y serio se volvía hacia mí- ¡hacia mí!- en esos momentos, radiante de felicidad: cual si hubiera descubierto una especie de Sol privado en mi absurda presencia.
-          ¡Doctor, qué alegría me da su venida! – dijo, con delicada ansiedad la bella, mientras se incorporaba a medias y le tendía una mano. La besé.- Espero que el viaje hasta aquí no le haya resultado difícil. – agregó, con preocupación.
-          Vive usted en un lugar de ensueño, Madmoiselle.- dije, con mi mejor sonrisa y obvia intención de tranquilizarla. Y es que era imposible no sonreír ante aquél rostro de porcelana, tan delicado y perfecto.
   La noble me devolvió el gesto, con alivio. Supuse que sería a causa del trágico destino del anterior doctor.
-          Es usted muy gentil.- me respondió, antes de apoyar la espalda nuevamente en el respaldo de su asiento.- Por favor, siéntese ¿Desea tomar algo?  ¿Té, café, tal vez?
-          Lo primero estaría bien.
-          Muy bien ¿Pierre, podrías traernos una bandeja, por favor?- le indicó la bella al criado. Y no pudo evitar percibir, con una mezcla de sorpresa y empatía, la frialdad en sus palabras.
-          Enseguida, Madmoiselle.
  Si el empleado se percató de ello, hizo un excelente trabajo ignorándolo. Y, sin más, desapareció.  
   Luego de eso, ambos nos quedamos en silencio por unos minutos en los que aproveché a explorar el salón. Me había llamado la atención un cuadro de considerables dimensiones sobre la chimenea: una niña de cabello azabache y rostro pálido sosteniendo entre sus brazos un cachorro negro. Ambos miraban hacia el frente, pero me daba la sensación de que clavaban sus ojos en mí. Pese a lo siniestro del pensamiento, tenía un aire conmovedor.
   Me encontraba rodeado de bibliotecas. Cada porción de pared estaba cubierta de  voluptuosos y cuidados volúmenes que yacían, indemnes, en éstas. La mayoría de esos libros parecieran ser pertenecientes a épocas muy antiguas, con los lomos escritos en Latín, hebreo otras lenguas muertas. Hasta creí haber leído, en alguno de esos lomos, a Nicholas Flamel.
   “Esta joven debe ser viuda”, me dije, totalmente seguro de ello. Pero, para mi sorpresa, no había anillo alguno en ninguno de sus dedos. Aquello era sumamente extraño, pero admirable: no podía evitar sentir admiración y sobrecogimiento ante personalidad y belleza tan peculiar.
-          Usted dijo que requería de mis servicios urgentemente… - dije, intentando volver al tema y no olvidar la razón por la que había venido.
   La joven dio un respigo ante mis palabras, tan sumida había estado en sus pensamientos durante aquellos minutos, y asintió con lentitud. Un extraño nerviosismo empalideció aún más su rostro, otorgándole un aspecto demacrado, pero no por eso menos hermoso. Parecía una escultura perfecta de marfil.
   Deseé con toda mi alma que no pudiera leer mi rostro.
-          Sí… eso.
   Al escucharla, fui yo el que dio un respigo.
-          ¿Puede usted guardar un secreto?
   Había hablado con autoridad, hasta con urgencia. Una mezcla de sensaciones me ahogó.
-          Por supuesto. – añadí, aún más curioso y sorprendido, preguntándome qué clase de enfermedad podía haber en aquél rostro tan sereno y saludable.
-          ¿Aunque lo que esté por decirle le resulte una completa incoherencia?
-          ¿A qué se refiere?- pregunté, frunciendo el ceño y sin entender la angustia de aquella hermosa joven.
-          ¿Puede prometerlo?
-          ¡Por Dios que sí!  
   Y en cuanto hube dicho aquellas simples palabras, un gruñido floreció en el medio del salón, que hizo que se me erizaba la raíz de los cabellos y los poros de la misma piel. Me volví, dubitativo, hacia Madmoiselle Marie y me fue imposible no dar un salto al distinguir, recostado cual ,acabra esfinge a la derecha de su sofá, un enorme perro negro.
   No sabría decir cuál era su extensión, pero estaba seguro- ¡y lo estoy aún!- de que era mucho más corpulento que un Gran Danés y mucho más. Me observaba desde su lugar fijamente, con astucia, y sin siquiera pestañear.
-          Oh…  no lo había visto. – balbuceé, reprochándome a mí mismo la falta de profesionalismo en mi trémula voz y, a la vez, completamente seguro de que no había nada allí hacia apenas unos minutos.
-          Sí… él es así. –asintió mi cliente, en un murmurllo. Y pude percibir cierto desprecio en sus palabras: era como si ella misma quisiera mantenerse alejada de aquél animal, cual si le repugnase su presencia, de la misma forma que a mí.  
-          Entonces… - dije, haciendo todo el esfuerzo posible por ignorar la existencia del horrendo animal y concentrarme en el sentido de mi visita: pero era sumamente difícil. La atracción que ejercía aquella bestia era poderosa, cual invisible telaraña. Era como si todas las direcciones llevasen a horrendas sus pupilas. Cerré los ojos con fuerza  unos segundos y, con forzada valentía, los posé en la joven.- ¿Cuál es el problema?
   Y, con un largo suspiro- pero sin atreverse a mirarlo a los ojos- ella suspiró antes de murmurar levemente:  
-          Nosotros somos el problema.
   La bestia miró a su ama- si se la podría nombrar como tal-y gruñó. Que alguien me golpee si me equivoco, pero podría asegurar que fue una advertencia, casi una amenaza.
   Y, una vez más, se me erizó la piel.
-          Dispénseme, pero no le entiendo…
   Pero un destello helado y rabioso en los ojos de aquella mujer, hizo que callase por completo y me encogiese.
-          Antes de que usted piense- si es que no lo piensa ya- que estoy loca, le explicaré mi situación.- dijo ésta, con las mejillas encendidas y sus manos aferradas a su regazo: cual si se arrepintiese enormemente de lo que estaba por hacer.-  Mi familia, ¡que en paz descanse!, siempre fue muy devota  y por ende, me han obligado a serlo también. Hemos colaborado con la iglesia de este pueblo durante cinco generaciones, entablado relaciones con las entidades más sacras y hecho lo posible por mantener nuestro nombre limpio ante los ojos de Dios… Pero yo siempre supe que no había caso.- murmuró la mujer, con un veneno tan grande en sus palabras, que provocó un temblor en mí.- Siempre supe que ese “dios” estaba muerto.    
    Pese a que siempre me consideré lo más parecido a un ateo, el oír palabras tan punzantes y frías de la boca de aquella hermosa mujer provocó en mí un revoltijo en el estómago.
   Fue, entonces, que Marie levantó por fin sus ojos hacia mí y dijo, acentuando aún más aquél brillo sobrenatural en sus pupilas:  
-          …Pero no Él.
  Y, sin saber por qué, se me heló la sangre.
  No tenía idea de a qué se refería, siquiera si tenía sentido lo que decía. Pero algo dentro de mí comenzó a inquietarse, deseando fuertemente huir de aquella mansión y no volver jamás: como si esas simples palabras hubiesen invocado algo terrible y oscuro.
-          Me habló en sueños.- continuó la bella, bajando la mirada por segunda vez.-  Me dijo que no estaba sola, que me enseñaría la verdad y abriría mis ojos: su lengua era tan exquisita y sus palabras… tan perfectas.- murmuró, ladeando la cabeza y mordiéndose el labio inferior.-  ¿Cómo iba a verlo?
    Vergüenza. Enojo. Desesperación.
    Todas esas emociones parecieran agolparse el rostro de M. Marie. Pero yo no supe qué decir, no supe cómo confortarla y callé. Porque, en el fondo, algo me decía que no podía hacer otra cosa.
-          Hice todo lo que me dijo, al pie de la letra. Hasta…- dijo Marie, cubriendo por un momento su rostro con una de sus inmaculadas manos. – Me dijo que era necesario, que me limpiaría.  
   No pude evitar poner los ojos en blanco: fanáticos.
   Y, entonces, un sollozo tenue hizo que me desviara de mis pensamientos y mirase- con cierta alarma- a la hermosa mujer.
-          ¿Se encuentra bien? – pregunté, dando un paso hacia ella, en un intento de ayudarla. Pero la bestia levantó su gigantesca cabeza y gruñó; y me detuve.
-          Y-yo no quise…- murmuró Marie, haciendo lo posible por contener las lágrimas y con las manos temblorosas.-  N-no tenía idea…  
    ¿De qué hablaba? ¿De que no tenía idea?
    Entonces, un pensamiento fugaz  recorrió mi mente, y volví la mirada nuevamente hacia aquél cuadro: el de aquella niña de cabellos oscuros sosteniendo en brazos el cachorro azabache… Y aquél tomo alquímico…
          Y la realidad cayó sobre mí como un balde de agua fría.
-          Marie… ¿cómo murieron tus padres? – murmuré, lentamente. Aunque en el fondo, no quería saberlo.  
   Ésta asintió, como única respuesta, y con lágrimas en los ojos. Y no necesité más para confirmar mis dudas: de alguna forma, esa mujer había logrado separar la oscuridad su cuerpo y transmutarla en el pobre animal… con la vida de su familia como sacrificio.
   Nada de eso pareciera obra de un dios, sino del Diablo.
   Y, sin poder evitarlo, me volví hacia ese perro: éste me devolvió la mirada y podría jurar nuevamente que se sonreía, lleno de maldad, ante mi incredulidad ¡Me encontraba ante una obra maligna, digna de demonios! Y, sin saber siquiera por qué, no dudé una palabra de lo que aquella joven me decía. Y es que no había, realmente una mejor explicación para su belleza descomunal y la oscuridad y repulsión que emanaba esa desdichada bestia, que en cierto modo, ya no lo era.  
-          Se burló de mí y nos hizo… esto. Nos convirtió en monstruos. – farfulló la bella, con el rostro pálido y surcado de dolor. – Dijo que ése era el precio por mi estupidez. Dijo… que la oscuridad sería mi compañera por siempre.
    Entonces, me percaté también de que el criado nunca había llegado con la bandeja de té y que los ojos de aquél hombre eran idénticos al de la bestia que, en esos momentos, se reía sádicamente de mí. Podía sentir su risa inhumana y cruel golpeando mi cerebro, torturando lo que me quedaba de razón y quebrando todos los paradigmas que, una vez, me hicieron sentir seguro.
  Yo, que siempre he sido un hombre alejado de la superstición y la religión, oré aquella tarde por salir vivo de allí.
-          Le pido mis más cordiales disculpas, Madmoiselle, pero este no es mi trabajo. Yo sano cuerpos, no almas. – dije, juntando lo que quedaba de valor en mi cuerpo entumecido por el horror e ignorando con todas mis fuerzas- o las que me quedaban- la mirada penetrante de aquél pecado encarnecido.
   El semblante de aquella joven cambió por completo, al oír mis palabras: la desesperación fue reemplazada rápidamente, por la ira, y sus bellas facciones se surcaron de una rabia tan grande, que hizo que temblase. El perro- que ahora me atreveré a llamar quimera- levantó su cabeza y- para mí sorpresa- lamió la mano de ésta, a modo de consuelo: cual si, de alguna manera, una ínfima parte de aquél cachorro hubiese sobrevivido a la corrupción. Pero Marie apartó a la bestia de sí, en un obvio gesto de asco, y incorporó de su asiento con la ligereza de un lince para clavar mirada en la mía. Una mirada oscura y penetrante, digna de su monstruosa mascota.  
    Y me pregunté, con el corazón latiendo desesperadamente, quién de los dos era la verdadera amenaza.
-          ¡Usted no puede abandonarme de ese modo!- exclamó la bella, sin dejar de mirarme y con una autoridad de hierro que me dejó clavado al suelo.- ¿Acaso no puede apiadarse de una pobre alma?
    ¿Una pobre alma? ¿Acaso quedaba algo de eso en ella?
    Pero yo sabía que, por más que tuviera la mejor de las intenciones, nada podría hacer: su problema estaba lejos de mi entendimiento y mis manos, por ende, estaban atadas.
-          ¡Vea a un cura!- exclamé, contagiado por la angustia de Marie y deseando con ansias irme de allí.
   La quimera rió, con esa voz gutural y helada, y no pude evitar otro temblor.
-          ¡Un cura, dice!- gruñó la bestia, con sus ojos sobrenaturales clavados en mí.- ¡Niño! ¿Acaso no ves? No hay dioses para nosotros.
        Y, de repente, tanto el perro como la joven me miraron, con infinita rabia.
-          ¡Esto que usted ve es causado por la alquimia y lo sabe!- exclamó Marie- ¿Y acaso no es ésta la hija de la medicina actual? ¿Acaso no es su deber atender estos asuntos? ¿Ayudar a los que lo necesitan? ¡Doctor, míreme! ¡Mírenos! Nuestras almas son desdichadas, al igual que nuestros cuerpos. El Dios que antes conocí ya no está de mi lado, ahora tan sólo me queda el suyo.
-          ¡Aléjese de mí!- recuerdo que exclamé, asqueado: tras comprender lo que hubo hecho, las fuerzas con las que esas manos jugaron y las vidas que despreció para alcanzar aquél absurdo fin; su desdicha me pareció más que justa. Y, la verdad, era que ya no sentía ninguna lástima por ella. Quería irme de allí para no volver jamás.
        Y la quimera volvió a reír.  
-          ¿Ves? A él también le das asco…- susurró, melosamente, a su ama.  
   Pero Marie hizo caso omiso y se volvió hacia mí, con las manos juntas y los dedos entrelazados en señal de ruego: utilizando los gestos de aquél ente que, en su momento, desdeñó.
   Ah, ironía.
-          ¡Se lo suplico, doctor! ¡No me deje así!
   El perro negro seguía susurrando con aquella voz rasposa, relamiéndose con la desesperación de su creadora. La perversión latente en aquellas pupilas impregnadas de oscuridad.
-          No nos ayudará.- susurró, frotando su cabeza contra los pliegues de aquél vestido, en una macabra sátira de sus viejos momentos de cachorro.-  Avisará a todo el mundo de nosotros, intentará juzgarnos.
     La mujer no lo rechazó, sino que clavó su mirada en mí. Y no me gustó para nada esa expresión: ¿qué pasaba por aquella mente febril? Parecía pensativa, cual si estuviese deliberando algo. Y entonces, me di cuenta que deliberaba mi suerte, de la misma forma que lo había hecho con aquél médico sueco. Y comprendí- con creciente horror- que no había sido, en realidad, un animal salvaje la razón de su muerte y que aquella bestia tan sólo esperaba las órdenes de su ama.
    En un arrebato de desesperación, decidí luchar por mi vida, jugar con las palabras del mismo modo que lo estaba haciendo la quimera maldita. Y cuando parecía que la joven había tomado una decisión, grité, sin pensar siquiera:
-          ¡No diré nada, lo juro!
   Marie me observó detenidamente, con algo parecido a la esperanza en su mirada. Pero la quimera- tan astuta como el diablo que la creó- se volvió hacia ésta  y le susurró, con aire meloso:
-          Miente: puedo ver a través de su corazón. Te delatará y los asnos que viven debajo de esta colina te quemarán como la sucia bruja que eres...
-          No…
   Y eso fue lo único que atiné a decir, casi murmurar, antes que el enorme perro clavase sus ojos en los míos y me mostrase los dientes.
-          No puedes mentirme a mí ¿Es que ya lo olvidaste? ¡1Yo soy la mentira encarnada!- me dijo, con la misma indignación que siente un profesor ante la treta del alumno. Y, tras haberme callado, se volvió hacia su ama, ante de decir, con suavidad de serpiente: - Hay que matarlo, es lo más seguro.
    La desesperación estaba haciendo frutos en mi alma: algo me decía que no saldría de aquella situación, de que terminaría de la misma forma que aquél desdichado doctor. Y temí, como nunca antes, por mi vida.  
    El temblor fue demasiado para mi cuerpo, las piernas me fallaron y caí de rodillas al suelo, bajo el peso de la angustia. Madmoiselle Marie me observó, con los ojos bien abiertos, pero sin un ápice de compasión: los papeles se habían invertido. Y aquél monstruo se relamió, con gozo.
-          Lo que has hecho es terrible y yo no puedo ayudarte…- murmuré, con la cabeza gacha.- Pero no tienes que hacer esto…
     El monstruo chasqueó la lengua, con irritación, y se volvió hacia la mujer.
-          Sólo dame la orden, y lo haré.- ronroneó, dando un paso hacia mí y relamiéndose los colmillos.
    Si no hacía algo, esa cosa me mataría.
    Algo, lo que fuera, sólo…
-          ¡Marie!- la joven se volvió hacia mí, con sorpresa, cual si hubiese salido de un sueño; y la bestia gruñó, mostrando una nueva hilera de afilados dientes. Pero nada me importaba en aquellos momentos, yo sólo quería vivir- ¡Por favor…!
   Mi verdugo me miró por un largo rato, y finalmente, suspiró. Por unos segundos, tuve esperanzas en la raza humana y en mi suerte .Por unos segundos, creía que me iría de ese infierno.
    Hasta que me propuso lo imposible:
-          ¿Puedes ayudarme?
-          ¿Qué?
   La bella me miró y resopló, con obvia impaciencia.
-          ¿Puedes?- repitió, con una fina ceja alzada e ignorando los gruñidos ansiosos de su horripilante mascota.
    Yo sabía que me estaba dando una oportunidad. Una oportunidad para salvarse y salvarme. Pero, en el momento en que iba a responderle que sí callé, consciente de que al hacerlo sólo ganaría unos minutos más de vida, pero no la salvación entera. Porque lo que ella padecía no tenía solución, y en el fondo, ambos lo sabíamos.
    Tras un hondo suspiro, negué con la cabeza pesadamente: había aceptado mi destino, morir a manos de la extensión demoníaca de aquél ángel. Y rogar porque fuera rápido.  
-          No, lo siento.- dije, con la garganta seca.
   Y sólo pude ver la decepción en el rostro de ella, antes que sus labios de marfil se moviesen y susurrasen imperativamente:
-          Hazlo.
    Todo sucedió demasiado rápido: un sonido de pezuñas al rascar el suelo de madera, el peso de mi espalda de lleno contra éste, el aliento gélido y putrefacto de la bestia empapando mi rostro y la mirada impasible de ella…No lo podía creer: iba a morir, de veras que iba a morir.
-          M-marie… ¡por favor! – supliqué, mientras luchaba vanamente contra las pesadas garras de la quimera. La mujer no respondió.- ¡No tienes… que hacer esto… no tienes que… AGH!
    Algo hizo “crack” en mi pecho, y un agonizante dolor arremetió contra mis nervios: una de mis costillas había cedido ante el peso de la bestia. Pero algo dentro de mí me instaba a seguir intentando, pese a mi anterior resignación, un instinto primitivo- desde lo más recóndito de mi estado evolutivo- me obligó a mover los labios y exclamar, desesperado:
-          ¡Estás haciendo lo que él quiere!
    Y, esa vez, supe que toqué un nervio en aquella mujer.
-          ¡Para!- ordenó ésta al monstruo, quien emitió un frustrado gruñido y, con pesadez, obedeció.- ¿Qué has dicho?- murmuró la bella, observándome fijamente. Con algo parecido al orgullo en sus ojos azules.
    Comprendí, entonces, que si jugaba bien mis cartas, podría huir de allí. En lo posible, en una pieza… o lo más cercano a ello.
-          Q-quieres una cura… pero sigues manchándote las manos de sangre.- farfullé, como pude, y apoyando una mano sobre una de mis costillas rotas y haciendo un esfuerzo supremo por ignorar el punzante dolor. Marie no respondió, peor era obvio que mis palabras la habían afectado enormemente.- ¿De qué… sirve todo lo que has hecho…si aún así, estás tan sucia como él?- continué, levantando la mirada del suelo para clavarla en la de ella.
    La quimera me miró un instante, dubitativa, y con renovada rabia se dispuso a cargar nuevamente contra mí. Pero una mirada gélida de Marie fue suficiente para mantenerla a raya: aunque nada evitó que apoyase, con crueldad, una gigantesca pata sobre mi costilla agredida.
-          Tu experimento fue un fiasco. – aclaré, envalentonado por el silencio de mi interlocutora y con lágrimas en los ojso a causa del dolor en mi pecho.-  Y tu sacrificio… en vano.
   Un rubor furioso emergió de las mejillas de la joven y pude sentir las garras de la quimera clavarse con fuerza en mi pecho y amenazando con quebrar mi caja torácica. Pero no me importó: por una vez, sentía que tenía la situación en mis manos, y sabía que si hacía todo como debía, podría vivir.
-          ¡Mientes, eres un mentiroso! – exclamó la bella, con soberbia.
-          Y entonces, ¿cómo… puede ser que no quede pecado en ti si ya… has matado a un hombre?
    Era una lógica sencilla, pero que siquiera yo creí que pudiese salvarme de esa terrible situación. Pero la suerte parecía encontrarse de mi lado ese día, y Madmoiselle Marie abrió los ojos hasta donde se lo permitieron sus párpados y abrió la boca, presa del terror.
-          ¿Qué?- exclamó ésta, con incredulidad.- ¡Pero…! ¡Yo no he sido, fue esa bestia! ¡Él lo mató! – alegó, de la misma forma que lo haría un acusado ante el Juez, y señalando con un dedo a la quimera, la cual gruñó y le devolvió una mirada indignada.
   Aprovechando su guardia baja y mi repentina valentía - ¡Dios la bendiga!- negué con la cabeza.
-          Bajo tus órdenes. – agregué, con la misma maldad con que lo hubiera hecho su propia mímesis.
-          No…
-          Ya basta de juegos, niño.- gruñó el monstruo, con su voz horrenda y espectral; y volviéndose hacia mí con ojos hambrientos.- Esto se termina ahora.
    Y levantó una de sus enormes zarpas, con mortal intención.  
    Juro haber visto mi vida entera pasar delante de mis ojos.
    Era el fin, era…
-          ¡PARA!
   Y la bestia se detuvo, nuevamente. Y el golpe jamás llegó.
   Creo que, ese día, morí y renací alrededor de cinco veces. Jadeaba, como ratón atrapado por una serpiente, y miraba hacia ambos lados, sin poder creer que siguiera vivo.
    El peso en mi abusado pecho desapareció y, cuando quise darme cuenta, la bestia me soltó. Y no perdí el tiempo: en un arrebatado instinto, me incorporé con feroz velocidad para dirigirme hacia la puerta, sin interrupción alguna.
               Pero no me moví de allí.
-          ¿Marie?- pregunté, con preocupación: sí, estaba preocupado por una mujer que hubo dado, al parecer, su alma al diablo y- hacía tan sólo unos segundos- intentó matarme. Pero uno nunca deja de ser un caballero, ¿cierto?
     La joven no respondió: se había dejado caer nuevamente sobre el sofá y mantenía los ojos en un punto indeterminado en el suelo, con la mirada vacía. La quimera también se había movido, y estaba sentada sobre sus cuartos traseros frente a ella, observándola atentamente: esa vez, creí haber visto un gesto de tristeza en los ojos de aquel monstruo. Una expresión, casi humana, de lástima hacia su ama.
    Y no pude evitar preguntarme, ¿qué estaba sucediendo entre esos dos?
-          Marie… - murmuré, conteniendo el aliento.
-          Sólo… sólo vete. – dijo ésta, sin mirarme siquiera.  
    El perro no se movió.
    Y, sin hacerme rogar, me fui.
    Caminé lenta, rápida, desquiciadamente. Y, en cuanto toqué el primer escalón,  pude oír el sonido que hacen los huesos al quebrarse.


* * *


   ¡Con qué alegría salí de aquella mansión y con cuanto esmero tragué el aire! Estoy seguro de que un convicto no podría haber sentido una sensación tan fuerte como la que sentí yo aquél día.
    Quería gritar, llorar… tantas emociones se agolpaban a mi mente, a mi corazón. Tanta adrenalina galopaba furiosa, por mis venas. Pero no perdí del todo mi raciocinio: consciente de que ella me había liberado pero que la bestia no tendría problema alguno en volver para matarme, me dirigí como pude hacia la caballeriza, cogí mi caballo y me dirigí como un rayo hacia el pueblo de mi tío, para no volver a  * * * * *  nunca más.
    No volví a tocar un libro de Medicina o Biología siquiera: tras haber presenciado el trágico destino de Madmoiselle Marie comprendí que, algunas cosas, eran mejor no saberlas, y que no tenía el derecho a manipular organismo alguno.
    A fin de cuentas, ese trabajo pertenece a alguien, y ése alguien es Dios.
    En cuanto a la quimera, nunca supe qué fue de ella. Pero no me preocupo mucho al respecto, ¡y es que hay tantos pecados vagando, libremente, por este mundo…!


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