jueves, 26 de mayo de 2016



Tus cuervos y tus lobos


Así es nuestra historia.
Un torrente de sangre helada.
Un tonel de promesas rotas.
Un abuso constante al alma.

Una puñalada en la espalda.
Una espina en la lengua.
Una lágrima en la almohada.
Nuestra historia es triste y cruenta.

Crías cuervos para arrancarles los ojos,
Porque temes que ellos lo hagan primero.
Crías cuervos y los das a los lobos,
Para lavar luego tus manos en incienso.

Te ahogas en un mar de plumas y pelo.
Eres el dios promiscuo de un clan disparejo.
Pese a que todos ellos sean carroñeros.
Tú prefieres un seguidor que no abandone tu velo.

Que se mantenga en el suelo.
Por eso odias a tus cuervos.
Porque ellos pueden volar lejos.
Y cuestionar todos tus credos.

¡Oh, eres tan cruel! Eres delito. 
Cortas sus alas y atas sus picos.
Cierras sus jaulas con pretextos raídos.
No te importa que sean tus hijos.

Nuestra historia es una historia de desarme.
De cuervos que no graznan y lobos convertidos en perros.
Nuestra historia es una elegía, una barbarie.

Una represión, un látigo, un aullido y un credo. 

                   Copyright © 2016 Alexander Nells. All rights Reserved.


Corazón de granito


De nuevo al ciclo horrendo,
¿A qué me impulsas, corazón?
Absorbiendo almas para mi propio provecho,
Matándolas para aplacar la emoción.

El egoísmo de mi acción me repugna,
He perdido la cuenta de las víctimas,
Que se han fundido en las negras brasas
De esta cama que conforma mi prisión maldita.

Arderé en el Averno por siempre,
Por este impulso carnal que duerme a mi mente,
Y me hace buscar el remedio inconsciente,
De esos brazos, de esos besos calientes. 

Oh, músculo malhechor
Estás muerto y marchito,
Me obligas a matar al amor,
Por un poco de ese ardiente vino.

Las caricias, las promesas falsas,
Y los murmullos en la oscuridad
Lo tengo todo y me quedo con nada,
Soy una adicta que necesita su dosis de felicidad.  

Una y otra vez,                                                                                                                          
Nunca me es suficiente,
Nunca logran complacerme
Ni aplacar esta sed demente.

Ellos son como las manzanas,
Una vez que las muerdes, se pudren.
Todos terminan muriendo en mi cama,
Convirtiéndose en desechos fútiles.

Pero siempre hay quien se ofrece al sacrificio
Y se obsequia con la esperanza de cambiarme
De darle calor a este corazón de granito, 
Para morir quemado en este cuerpo inflamable.


                          Copyright © 2016 Alexander Nells. All rights Reserved.






martes, 24 de mayo de 2016



Al borde


   Ya no nos queda nada. Vivimos del pasado y nos alimentamos de sus sobras. Nuestros lobos están famélicos al igual que nuestro orgullo. Somos fantasmas de un tiempo que fue bueno, somos la desidia del mundo. Fuimos grandeza en su momento, y ahora nos convertimos en lo que más odiamos. Nos convertimos en esclavos. 
    Estamos al borde del precipicio. 
    Y ya no nos queda un futuro.
    Nuestros gritos de guerra se han convertido en gemidos.
    Somos soldados sin patria ni escudo.
    Éramos bellos y gallardos, éramos dignos de presunción, éramos íntegros y amados. Éramos respetados. Éramos temidos. Sobre nuestras cabezas se posaba el gran ojo, el de ese dios prematuro, de ese Gran Señor Moribundo que nos mimaba con cariño de viejo y llenaba nuestros pechos de su hermoso oro. Éramos lo mejor que hubo tocado este horrendo jardín de barro al que ustedes prefieren llamar “mundo”.
    Y ahora ya no somos nada, más que una basura en el ojo, una promesa quemada, un tesoro profanado. Nos han socavado, nos han humillado, han orinado sobre nuestros ojos los soldados malévolos del Hado. Las bestias que dormían a nuestro lado devoran ahora y con hambrienta desesperación los cadáveres de nuestros infortunados, ya no respetan a sus amos.
     Nos han ultrajado. 
     Nos han robado.
    ¡Nos han masacrado!
     Para luego abandonarnos a la deriva de nuestra vergüenza, despojados de nuestra grandeza, sin una sola mano para levantarnos siquiera. Nos han corrompido gravemente, llegando hasta el punto de asesinar a nuestros hermanos en violentos actos de terrible inconsciencia. El hambre nos hace malvados: nos heridos, nos robamos, no hay respeto entre nuestra propia gente, porque simplemente ya no hay señores ni Estado. Nos encontramos ahora en medio de los despojos, coléricos, frustrados y hambrientos, devorándonos los unos a los otros, esperando en la oscuridad la caída de alguno de los nuestros. O de otros. Porque a la hora de clavar la daga, no hay nacionalidad, escudo ni miramientos.
     A la hora de bajar la guadaña sólo hay odio, rencor y sufrimiento.
     Somos la sombra de algo que fue bueno.
     Somos los herederos perdidos de un linaje muerto. 
     Ayer fuimos lobos, y ahora somos perros.
     Pero eso no detiene que aullemos, con odio, a esa luna de acero.
     Por un poco de remordimiento, por un poco de salvación, por algo que venga y pudiese librarnos de nuestra triste situación. O matarnos, por lo menos. Porque sólo Dios sabe lo cobardes que somos para hacerlo. Y lo osados que nos hemos vuelto para llevar a cabo otros actos siniestros. Somos monstruos funestos. Estamos perdidos por completo. No nos queremos. Y no los queremos.
       Los mataremos si podemos.
      Calmaremos nuestra sed con sus huesos.
      Y jamás nos detendremos.
      Porque este hambre es un legado eterno que sólo terminará cuando perezca hasta el último de nuestros malos recuerdos. Hasta la última de nuestras prostitutas, bastardos y viejos.
      Estamos al borde del precipicio, pero no caemos.
    Miramos hacia abajo, pero no nos atrevemos.
    Estamos perdidos, y lo sabemos.
    Nos odiamos con esmero.
    Y por eso, nos comeremos sus huesos.
    Ya no somos lo que éramos, hemos perdido la moral de nuestros ancestros.
    Gruñendo en el abismo, preguntando cuánto nos queda en este mundo horrendo.
    Mordiendo nuestros cuellos y cabezas, esperamos que el otro caiga primero.
    Porque nos odiamos, porque los odiamos, ¡y los desgarraríamos si pudiéramos!

    Estamos al borde del precipicio, sin retorno, alma ni sueños.   



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Mis queridos señores


He luchado durante mucho tiempo contra el mundo, ¿sabes?
Porque, cuando ellos me dijeron que no, yo grité SÍ.
Porque, cuando ellos me prometieron fracaso, yo juré VICTORIA.
He luchado contra ellos aún cuando carecía de un techo donde dormir.
O de una trinchera donde pudiese esconderme de sus sabuesos.
Mi chaleco se encontraba acribillado de sus balas.
Mis piernas cansadas de tanto correr.
Mis brazos congelados, todo en mí parecía ceder.
Todo en mí parecía desaparecer.
Ese día estaba segura de que no volvería a ver otro amanecer.
Y cuando caí, presa del agotamiento, no pude evitar ver la oscuridad.
Fue entonces cuando el ojo del mundo se posó sobre mí.
Fue entonces cuando el ángel más bello me preguntó, ¿y ahora qué?
Podría haber jurado oírlos reír a lo lejos.
Ése era el final, ése era el fin.
Pero no quería morir, no podía, ¡el mundo aún no había probado mi furia!
Ellos ignoraban tantas cosas sobre mí…
Ellos aún no me conocían.
¡No podía irme sabiendo que se olvidarían de mí!
Mi cuerpo estaba mutilado, sí, pero mi alma no dejaba de crepitar.
Fue entonces cuando decidí que no quería morir.  
Fue entonces cuando, el corazón que se había detenido, volvió a latir.
Y el ángel que, miraba a lo lejos, sonrió.
Y La Muerte, confundida, bajó su guadaña.
Y el Ojo, curioso, parpadeó.
Y, en silencio, este cuerpo pesado volvió a incorporarse.
¡Con la energía maldita de esta rebeldía fatua que corre por mis venas!
¡Con la rabia llameante que esta Tierra genera en mí!
¡Con esos deseos ardientes que siempre me incitaron a seguir!
¡Mundo, aún tienes mucho que saber de mí!
¡Bastardos, hacen falta más balas para apagar este frenesí! 
Soy un soldado que no conoce la derrota.
Soy  mucho más de lo que ustedes podrían decir.
Soy una pasión que ha tenido la suerte de respirar.
Soy una idea hecha carne.
Y cuando ustedes me derriben, simplemente, volveré.
Con la fuerza que sólo el Universo puede derivar en mí.  
Volveré: una, y otra, ¡y otra vez!
Porque el verdadero fracaso lo declararé yo.
Porque mi peor enemigo es mi reflejo.
Y, ustedes, no son más que unos invitados en el coliseo de mi vida.
Unos espectadores tristes y escépticos.
Los bufones sarnosos de esta comedia que conforma mis osadías.
Y siquiera eso.
He luchado durante mucho tiempo contra el mundo, ¿sabes?
He hecho lo que quise y de nada me arrepiento.
He pecado, amado, delinquido y blasfemado infinidad de veces.
Pero no pediré perdón, porque ustedes no merecen mi respeto.
Y si debo disculparme ante alguien, que sea ante El Grande que todo lo puede.
A ése que me espera, con paciencia de anciano, en ese trono galáctico.
A ése que tiene infinidad de nombres, millones de hijos y un corazón intacto.
Ante ese hombre, y sólo a él, pediría perdón por mis actos.
He aullado durante mucho tiempo a esa luna de asfalto, ¿sabes?
He sido el mártir, la virgen, la prostituta y el diablo.
He sido todo lo que no he querido y, a la vez, lo que siempre he deseado.  
Y seguiré haciendo lo mismo, hasta que el cuerpo me pida un descanso.
Y ninguno de ustedes me detendrá, ¿me leyeron? ¡Ustedes no tienen poder sobre mis pasos!
Seré esa bestia salvaje que carece de tierra pero tiene el mundo en sus manos.
Y los demás, simplemente, me tienen sin cuidado.
He guerreado durante tanto tiempo contra sus paradigmas insensatos…
Pero ahora me he dado cuenta de que no tiene sentido seguir intentándolo.
Ustedes no forman parte de mi vida.
Y, al parecer, yo he dejado de hacerlo hace ya muchos astros.  
Así que, adiós, y hasta nunca.
Sin resentimientos, sin pena y sin recato.
No los extrañaré, pero mentiría si dijese que lograré olvidarlos.
Adiós, y si alguna vez quieren saber de este pobre soldado,
Pregúntenle a esa estrella, a esa que brilla a lo lejos,
Cerca de la luna y lejos de los demás astros.
Pregúntenle a ella, que siempre sigue mis pasos.
Y aclama mis victorias con destellos velados.
He luchado durante mucho tiempo contra sus prejuicios exaltados…
Pero ya es hora de bajar los brazos.
Señores, fue un placer, pero debo seguir caminando.
Porque, mientras nosotros discrepamos, el mundo sigue girando.
Señores, mis más cordiales saludos, y gracias por tanto.

Señores: adiós, hasta nunca, y gracias por el mal trago. 


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domingo, 22 de mayo de 2016


No me eches de tu vida



¿Qué haré?
Cuando me cierres todas las puertas.
¿Cómo sobreviviré?
Cuando dejes de hablarme siquiera.

Puedo soportar las mordidas ajenas.
Puedo, realmente, curar esas heridas.
Pero no sé qué haría si te fueras.
No me eches de tu vida.

Me he convertido en una bestia.
En una máquina de matar sentimientos.
Soy víctima de mi propia demencia.
Me ahogo en mi propio veneno.

Pero, cuando todos estuvieron en mi contra.
Tú estabas ahí.
Cuando los demás se resignaron a mi ponzoña.
Tú creías en mí.

No sé realmente si comprendías el por qué.
Pero viste algo en mi alma que no supe descifrar.
Acariciaste mi dolor, me hiciste reír, otra vez.
Me hiciste sentir querida, especial.

Pero no puedes matar lo que logré cultivar.
Con mi odio, y mis colmillos.
Quizá si hubieras llegado antes de la calamidad.
Quizá, algo en mí hubiese sucedido.

Y sé que, tarde o temprano, lo volveré a hacer.
No puedes domar mi dolor.
No quiero lastimarte, y sé que lo haré.
Si no me despego de ti, mañana u hoy.

Y, por otro lado, algo en mí llora.
Y desea refugiarse en tus brazos píos.
Pero he lastimado a muchas personas.
Y no quiero hacer lo mismo contigo.

Lo siento, pero debo dejarte ir.
Por favor, no me lo permitas.
Te amo, pero no correré el riego de hacerte sufrir.

¡No me escuches, no me eches de tu vida!



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